Los dos islotes están tan juntos que no hubo diferencia en el estado de la mar al pasar del uno al otro. En el segundo, Pavel me señaló una ermita. Llama la atención del extranjero el fervor religioso que lleva a construir pequeños templos en lugares tan remotos como aquel. ¿Cuánta gente usará ese al cabo del año?
Por la mitad del segundo me sobrevino una gran debilidad en los brazos. Al decidir en la playa que no necesitaría avituallamiento, no había tenido en cuenta el rato que había pasado buscando al marinero, ni los kilómetros caminados entre Lakki y Ksirokampos, ni la hora larga de preparativos de Pavel. En aquel momento hacía ya unas cuantas horas que había desayunado, y un hambre punzante me sacudió el estómago. Pero bueno, no era grave: Kalymnos estaba a menos de medio kilómetro y podría resistir.
Al llegar al final del segundo islote, Pavel me dijo que a partir de ese punto debería volver a ir rápido, porque al perder el abrigo de los islotes las olas volvían a crecer. Ningún problema: La punta de Kalymnos por la que iba a salir estaba a menos de doscientos metros, en línea recta hacia el sur, y por aquel estrecho no pasaría ningún barco que pudiese atropellarme sin verme. Apuntando con el remo hacia en sureste, añadió que por allí podía haber un buen punto para salir del agua. Seguidamente, movió el remo hacia el suroeste y dijo algo que no llegué a comprender. Aunque las primeras palabras sí las había oído claramente, en aquel momento la verdad es que tampoco comprendí de qué me estaba hablando. ¿Para qué iba a salir por algún punto alejado del sureste, si ahí mismo, enfrente, estaba el lugar más cercano de salida? Con el hambre que tenía, cuantos menos metros hiciese antes podría comer. También, cuanto menos tiempo dedicásemos a hablar antes podría comer. Así que no le di importancia y, sin decirle ni sí ni no, fui directo hacia la punta.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Para evitar el spam, los comentarios deben ser aprobados antes de publicarse.